El Arte del Insulto

En multitud de ocasiones he leído y escuchado que el idioma español es el más rico en palabras y vocabulario del mundo; esto estadísticamente no es cierto ya que algunos idiomas como el árabe, el ruso o el alemán, entre otros, poseen una mayor cantidad y variedad de palabras. Sin embargo a nadie escapa que los hispanoparlante sí que somos muy originales y creativos a la hora de insultar y ofender al prójimo. Desconozco si en alguna ocasión se ha elaborado algún estudio al respecto, pero si no somos los primeros en este aspecto, cerquita estamos.

Insultos, agravios y vejaciones hay muchos, y de muchos tipos; desde los simplemente vejatorios y que tienen una clara voluntad de ofender gravemente sin más, como por ejemplo hijo de puta, a otros donde uno se dirige a la otra persona en tono despectivo, sacando a relucir alguna virtud negativa que esta posea; en esta categoría, mucho más prolífica y divertida podríamos incluir insultos clásicos como gilipollas o estúpido. Cuando llamamos a  otro hijo de puta, realmente no le estamos insultando directamente, sino que lo hacemos de su querida madre, cosa que a veces molesta mucho más. Pero cuando le llamamos gilipollas le estamos ofendiendo directamente, y este tipo de insulto me gusta mucho más ya que, además de ser mucho más personal e íntimo,  da lugar a un vocabulario más fructífero y rico.

Sería difícil encontrar mi insulto favorito, ya que depende de la situación y de la persona a la que va dirigido. En otros tiempos usaba mucho la palabra payaso; realmente no es un improperio en sí mismo, pero se puede usar como tal, y doy fe que ofende mucho. Pero en general últimamente me inclino más por palabras más conocidas y que menosprecian al aludido en su capacidad intelectual.

En realidad todas las personas tenemos defectos y cualidades negativas, y es sencillo hacer mofa de ellas, pero casi nadie asume ser poco inteligente y a la vez ser alguien que molesta y causa rechazo a los demás; es por eso que este tipo de grosería y desprecio me gusta mucho más. Llamar tonto a alguien, aunque carente de brillo, en realidad es una definición muy tajante a la vez que ofensiva; es el equivalente a darle una bofetada bien dada en toda la cara con la mano abierta.

Pero reconozco que a tonto  le falta  brillantez, peso y  empaque; así que  prefiero variantes del mismo como idiota o imbécil. Quizás para mí el insulto más grave con el que te puedan obsequiar es con la palabra imbécil, que ya no es darte un bofetón sino darte dos, uno con cada mano.

Yo soy bastante aficionado al insulto clásico de otras épocas, aquel que pilla por sorpresa al insultado, que además de ofendido se siente descolocado, porque además de saberse insultado, desconoce el significado del mismo. Es muy divertido llamar a alguien mastuerzo o mentecato, y que digamos de utilizar insultos como botarate, papanatas, bellaco o zopenco. Y si queremos rizar el rizo, utilizamos palabrotas más propias de autores del siglo de oro español, como Góngora o Quevedo; la próxima vez que quieras insultar a alguien de forma original utiliza palabras como  zurcefrenillos, tuercebotas, gaznápiro, fantoche o malandrín. Te puedo asegurar que el otro pondrá cara de «que coño estás diciendo»y hará que ganes con facilidad la pelea de gallos.

En estos tiempo que corren el humor también tiene que estar presente en las discusiones y los insultos.

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